31 diciembre, 2013

Día 402

Sucede, y no siempre, que te encuentras con alguien para beber ese café del que tanto prometieron invitarse mutuamente, en alguna esquina con un nombre indescifrable del que esperaban reírse el resto de la tarde mientras el sol caía sobre la ventada decorada del salón, y todo parece estupendo en ese instante, los nervios y los mitos urbanos pasan a un segundo plano cuándo te sientes a gusto con alguien que puede vivir a unas cuantas millas de ti y aún así creen tener tanto en común como si se conocieran de otra vida. Revuelves el café una vez más para asegurarte de esparcir el azúcar en todas las áreas amargas mientras intentas ignorar esos ojos ansiosos y expectantes. Por un lado le temes, sabes que te esta examinando, retratandote en cada pestañear, pero te gusta, y más aún te conforta saber que es él y nadie más el que esta compartiendo su vida sin medir las circunstancias. Y cuando tocan las seis y la hora de partir descongela abruptamente esa sensación de ensueño, regresas con la cabeza hecha polvo aunque una mezcla de felicidad extasiada se entorpece con un sabor amargo, un pinchazo inesperado, la sensación de haberte quedado con demasiadas cosas en la punta de la lengua y esa inevitable pregunta del que sucederá de ahora en más. Quizás hablaste por demás o tal vez debiste admitirle que el café no es de tus preferencias y en su lugar solo deseabas permanecer en su compañía. Sea como sea, ojala que siempre haya una excusa para verse, para quererse, para sentirse un poquito más cerca, para beber un café endulzado por demás aunque al final resulte ser la mejor anécdota de sus vidas.

Todavía espero ese café.